Eso, que si don Ramón María -con mayúsculas- supiera que un tipillo como Ramoncín, se lleva un par de euros, tan solo, cada vez que se representa
Luces de Bohemia, no le bastaría una fábrica de bastones de recio pomo para dar buena cuenta de lo que sin duda se merecen las delgaduchas costillas de ese músico experto en tocar el sonajero y en hacer sonar el pomo de las puertas de los ayuntamientos donde se celebran fiestas populares con orquesta para reclamar para sí el fruto del esfuerzo de muchos otros.
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Para costillar, el de Rocinante, que también le genera derechos a ese cacareador de sones horrísonos ideados entre olores a fritangas de pollos troceados y braseados en aceites de girasol doscientas veces reutilizados.
Y no sólo Rocinante, su amo y el autor de ambos... también el Fénix de los Ingenios; don Félix Lope de Vega y Carpio, tiene que sufrir en su tumba; allá donde se encuentren sus óseas partes, que un canario, colega "del del" pollo, que no piaba, sino que berreaba hace décadas, con sonoro rebuzno, a los sones de unas músicas plagiadas del medio oeste norteamericano, pretenda también seguir vistiendo traje gris y gabán de sastre, a costa de su Fuenteovejuna y hasta de El Verdadero Amante, que no por no existir dejarían estos gansters de escribirlo si fuera menester hacerlo para poder seguir cobrando.
No protestaron los monjes copistas en su día contra la invención de la imprenta. Aunque, bien pensado, alguno; protestón, sí pudo haberlo, y, tal vez, algún Abad, puso su grito aún más en los cielos para rogarle a su Dios inexistente que detuviera la difusión de aquella monstruosa invención e infernal engendro.
A los monjes, no les quedó más remedio que resignarse; algo a lo que teóricamente ya estaban acostumbrados, y sentarse, a contemplar, como salían de aquellas máquinas, como churros, aquellos libros que no mucho tiempo atrás, tantos meses, e incluso años, les llevaba a ellos caligrafiarlos para que los disfrutaran, tan solo, unos cuantos privilegiados.
Porque, lo que hicieron aquellos santos varones, para comer y tras la imprenta, cuando se les acabó la teta de la caligrafía; que no la de la novicia que de ella aún disfrutan hoy en día, fue dedicarse a plantar acelgas, puerros y lechugas que es, sin duda alguna, lo que tendría que estar haciendo "estos". Amén.